Homilía de su Eminencia el Cardenal Camilo
Ruini
Eucaristía para los Voluntarios del Jubileo
Queridos jóvenes,
hombres y mujeres, la Misa que celebramos aquí, en la Plaza de San Pedro, esta
mañana es como el prólogo de la Jornada Mundial de la Juventud, la primera
página que se abre. Es justo, es bello que esta primera página se abra con
vosotros los voluntarios, vosotros que habéis venido más para dar que para
recibir. Vosotros sabéis que esta palabra: “Hay mas alegría en dar que en
recibir”, es una palabra de Jesús mismo, una palabra de Jesús que ha sido
conservada no por los Evangelios sino el apóstol Pablo. Este es el sentido
profundo de la Jornada Mundial de la Juventud y nosotros, aquí juntos, queremos
pedir al Señor ser verdaderamente aquellos que encontramos alegría sobre todo
en el darse a si mismos para servir a nuestros amigos, a nuestro prójimo. Pero
nosotros sabemos que dar verdaderamente, dar algo de nosotros mismos, es
posible en base a lo que hemos recibido. Y por ello abrimos esta jornada con la
Eucaristía que es don de salvación y misterio de salvación. La Eucaristía, la
Santa Misa, es expresión de la sobreabundancia del amor de Dios. Por ello el
gran acto conclusivo de la Jornada Mundial será de nuevo la Santa Misa
celebrada con el Papa en Tor Vergata la mañana del Domingo.
Busquemos entrar,
ahora, con la inteligencia pero también con el corazón, en la sobreabundancia
del amor de Dios, para podernos llenar de este amor y así, a nuestra vez,
poderlo expresar y testimoniar. Por esto quiero detenerme con vosotros en la
primera respuesta que Jesús da al joven rico, como hemos escuchado en el
Evangelio. El joven lo había llamado “Maestro bueno” y Jesús responde: “¿Por
qué me dices bueno?” Ninguno es bueno sino Dios solo”. Dios es bueno. Pero no
debemos empequeñecer esta palabra. Dios no es simplemente bueno en el sentido
que se ha hecho a nuestra medida, a medida de nuestros pequeños deseos. Dios es
infinitamente bueno. Es bueno porque es el ser infinito, el mar, el océano del
ser, omnipotente, eterno. Ya en este sentido Él es bueno porque toda la
perfección posible esta en Él, pero precisamente por esto, precisamente porque
Él es totalmente perfecto, Dios es bueno también en sentido moral. En aquel
sentido en el cual nosotros decimos los unos a los otros: esta persona es
buena. Dios es generoso, Dios es santo, Dios es inteligencia y libertad que
hacen todo uno con el amor. En Él no hay posible separación o lejanía. Dios es
inteligencia infinita que todo comprende, libertad infinita que domina a cada
cosa, amor infinito que se entrega por nosotros. Así, con la fuerza de este
amor libre e inteligente, Dios nos ama a nosotros y a toda la creación, nos
hace existir a nosotros y al universo entero. Este es nuestro origen. Esta es
nuestra realidad más verdadera. Podemos decir que nosotros hemos sido hechos de
la tela, de la sustancia del amor de Dios. Esto pues es también el sentido de
nuestra vida y el sentido del mundo entero, del universo sin límites que Dios
ha creado. Y esta es también nuestra meta, nuestro fin al cual siempre debemos
apuntar. Por esto Jesús dijo al joven rico: “Observa los mandamientos”; los
mandamientos que son la palabra que Dios nos dirige para nuestro bien, el
camino que Dios nos indica para que podamos crecer y realizar verdaderamente su
proyecto que es nuestra vida. Pero Jesús agrega luego: “Si quieres ser
perfecto, anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, después ven y
sígueme”. Es decir ven conmigo, confía en mi. Aquí tenemos el sentido de la
donación total que Jesús no sólo ha dicho a los otros, a los discípulos, al
joven rico. Esta donación total ha sido Él el primero que la ha puesto en
práctica hasta el final.
Durante esta Santa
Misa se llevará al altar la imagen de la Virgen María que será bendecida al
final de la Misa. El sentido de la presencia de este icono quiere ser el
reconocimiento que aquella joven mujer, María santísima la Madre de Jesús no es
solamente madre suya en sentido físico, porque le ha dado la vida, sino que
está totalmente unidad a Él. Es ella, que ha
creído hasta el final en Él, la primera discípula, aquella que más
perfectamente ha puesto en práctica su palabra. Es ella la que de verdad lo ha
amado con corazón indiviso. Por esto traemos aquí la imagen de María porque
queremos también nosotros, en esta Jornada Mundial de la Juventud, hacer como
ella, seguir su ejemplo, acoger hasta el final aquella invitación que Jesús ha
dirigido al joven rico.
Quiero ahora
detenerme un momento con vosotros en la primera lectura de la carta del Apóstol
Pablo a los Romanos. Leamos esta carta, aquí en Roma y nos unimos
espiritualmente con aquellos primeros cristianos de Roma a los cuales ha
escrito el Apóstol Pablo. Casi veinte siglos, diecinueve siglos y medio, nos
separan de ellos, pero en realidad no nos separan, porque aquí en Roma la fe
cristiana ha mantenido siempre viva su llama. Hay una continuidad que pasa de
generación en generación y vosotros que sois jóvenes tenéis la tarea
maravillosa de pasar esta antorcha, esta llama, a las personas que vienen, a
las generaciones que vendrán después de vosotros. Así la historia de la fe de
Cristo continúa aquí en Roma y continúa en el mundo entero. El Apóstol Pablo,
en el pasaje que hemos escuchado, nos habla de ofrecer nuestros cuerpos y
cuando Pablo habla del cuerpo, habla de toda nuestra realidad concreta, de toda
nuestra vida cotidiana. Pablo nos dice: “Ofreced vuestros cuerpos como
sacrificio vivo y agradable a Dios”, y añade: “Este es vuestro culto espiritual”. Estas palabras de Pablo son el
anuncio de aquello que después la tradición de la Iglesia y, más recientemente
el concilio Vaticano II, ha expresado en la fórmula del sacerdocio universal de
los fieles. Todos juntos somos sacerdotes en el sentido que todos juntos
ofrecemos a Dios el verdadero culto, el culto espiritual que es, ante todo, el
culto, la oferta de nuestra vida cotidiana. Para comprender mejor todo esto,
quiero hacer una comparación con la última Cena celebrada por el Señor. En la
última Cena, tomando el pan y luego tomando el cáliz con el vino, Jesús dijo:
“Esto es mi cuerpo entregado por vosotros”, “Esta es mi sangre derramada por
vosotros”. Jesús ha podido decir estas palabras con plena verdad, como palabras
auténticamente verdaderas, porque después de la Cena vino la Cruz y porque
antes de la Cruz y de la Cena había entregado toda su vida a los hermanos para
la gloria de Dios y para el bien, para la salvación, de los hombres. He aquí
por qué Jesús ha podido decir: este es mi cuerpo donado por vosotros, esta es
mi sangre derramada por vosotros. Así pues, también nosotros hacemos verdadera
nuestra Misa, verdaderos los sacramentos que hemos recibido, verdadero nuestro
Bautismo, en la medida en que ofrecemos a Dios este culto espiritual, pero al
mismo tiempo un todo muy concreto y cotidiano, de lo que nos ha hablado el
Apóstol Pablo: el sacrificio y la oferta de nuestra vida.
Queremos ofrecer a
Dios este culto en la Jornada Mundial de la Juventud. Vosotros como voluntarios
lo ofrecéis en concreto en la acogida que haréis de nuestros amigos que vienen,
de los jóvenes que vienen; en la asistencia para el hospedaje, para la
alimentación, en la animación de las catequésis y los grandes eventos hasta la
conclusión del sábado por la noche y del domingo por la mañana. Será una
competición de acogida recíproca que debe crear el verdadero clima espiritual
de la Jornada Mundial de la Juventud; que debe, por así decir, hacer tocar con
la mano a todos nuestros amigos que vienen a Roma, también y especialmente de
los países más lejanos, de las situaciones más difíciles, de las situaciones de
miseria y de persecuciones, que Cristo está verdaderamente presente, que el
amor de Dios no es solamente una palabra sino es la realidad más verdadera, más
auténtica de nuestra vida. En efecto, el Apóstol Pablo para concretar este
culto espiritual, esta ofrenda a Dios, habla del amor recíproco, del servicio
hecho sin falsedades y sin hipocresías, habla de la capacidad de perdón, nos
dice que debemos construir la paz y la unidad entre nosotros.
Permitidme
profundizar un poco más con vosotros este punto fundamental. Nuestro servicio a
los hermanos es al mismo tiempo servicio a Dios, no en el sentido de venir al
encuentro a las necesidades de Dios, porque sabemos Dios es perfectísimo, Dios
no tiene en este sentido necesidad de nosotros, pero es servicio a Dios como
alabanza a Él, como adoración, como agradecimiento. Ante todo por aquello que
Dios es, y por aquello que Dios es para nosotros, por aquello que Dios hace por
nosotros. La oración que quisiera elevar junto a vosotros al Señor en esta Misa
es precisamente esta: que en Cristo podamos descubrir juntos el rostro de Dios
y el amor de Dios. Así ejercitamos y ponemos en práctica nuestro Bautismo,
nuestro ser cristiano, y así hacer verdadera la Eucaristía de hoy y todas las
Eucaristías que celebraremos en los prósimos días hasta la última con el Santo
Padre.